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De ballenas y otras cosas

Cualquiera que me conozca bien sabrá de mi profundo amor por los animales. Ha estado ahí desde siempre: ya de pequeña, mis padres me regalaban libros sobre fauna salvaje que yo leía una y otra vez. Mis programas favoritos eran los documentales de la 2, que mis pobres abuelos se tragaban con paciencia infinita cuando pasaba las tardes con ellos. Si me preguntaban, tenía claro lo que iba a ser de mayor: veterinaria.

El tiempo pasó, y con el tiempo empezaron a interesarme otras cosas. En el instituto ya no quería ser veterinaria, ya no me interesaban tanto los “bichos” y al final cambié de rumbo, al punto de que mi profesión final fue (y todavía es) la de traductora. ¿Dónde quedó esa pasión infantil entonces? Pues en el fondo del cajón, como muchas otras cosas que uno abandona cuando crece.

Así las cosas, cuando hice uno de mis primeros grandes viajes, que esta ocasión fue a México, unos amigos nos recomendaron ir a Puerto Vallarta. Contactamos con una empresa que hacía paseos por la zona y, tras contratarle varias excursiones, nos “regalaron” un paseo adicional que fue un espectáculo con delfines. Sí, efectivamente: YO TAMBIÉN HE NADADO CON DELFINES EN CAUTIVIDAD.

En aquel momento ni se me pasó por la cabeza que lo que estaba haciendo podía ser perjudicial para los animales. Mi conciencia animalista en la época tampoco era la que es hoy en día. Allá nos fuimos por la mañana temprano y participamos en el show (no hay otra forma de llamarlo), y salimos de allí pensando lo grandes, bonitos, inteligentes y ágiles que nos parecieron los delfines. Pero la sensación que teníamos era agridulce, sin entender todavía muy bien el porqué.

En ese mismo viaje tomamos un barco para visitar las islas Marietas y su Playa Escondida. Como era temporada de ballenas en México, el propio guía nos explicó que tal vez tuviésemos que parar en el camino para evitar dañar a los animales o colisionar con ellos, por lo que íbamos ojo avizor deseando, efectivamente, tener que parar. Y sí, paramos. Y de repente, una enorme sombra pasó por debajo del barco para salir unos metros más a la izquierda convertida en una ballena jorobada adulta y su ballenato. El subidón de ver animales en su hábitat, sin darles el coñazo, haciendo lo que tienen que hacer, que es ser libres y vivir su vida, fue mucho más gratificante que cualquier espectáculo que pude ver esa mañana en una piscina. Y tras reflexionar sobre el asunto me di cuenta de cuál era la diferencia, y de que lo que había hecho aquella mañana no lo volvería a hacer nunca más.

A esas ballenas les agradezco dos cosas: la primera, el haber sido la semilla de mi actual conciencia animalista, al hacerme entender que podemos apreciar la fauna que nos rodea sin tener que convertir a esos animales en bufones encerrados en un recinto minúsculo para entretenimiento de los humanos. Seguro que a lo largo de mi vida me equivocaré mil veces más y haré cosas que luego veré que no estaban bien. Aprender es eso, equivocarse y no repetirlo nunca más. La segunda, el haberme recordado por qué me gustaban tanto los animales. Porque no tenemos más derecho a existir que ellos, ni por gracia divina ni por superioridad de ningún tipo. Y porque representan la belleza, la diversidad, el color y la vida de un mundo grande y delicado que hace tiempo que nos pide a gritos que dejemos ya de una vez de hacerle daño.

Gracias, ballenas, por haberme enseñado la persona que quiero ser.

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2 Comentarios

  1. Ángela dice:

    «…un mundo grande y delicado que hace tiempo que nos pide a gritos que dejemos ya de una vez de hacerle daño».

    1. Has pillado la esencia 🙂

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